Black Sabata, los pioneros del metal valenciano

Black-Sabata

—“Nosotros inventamos el metal”

Lo afirma con tono triste mientras detiene el taxímetro. “Son seis con noventa”, me dice. “Estoy acreditado por Mondongo Sonoro y esto era una entrevista”, le respondo. Me escruta desde el retrovisor, los ojos enrojecidos después de una larga jornada de ver pasar semáforos y señales de ceda el paso, una y otra vez. Con una voz que suena infinitamente cansada, repite: “Son seis con noventa”. Decido solidarizarme con su angustia existencial y le alargo un billete de cincuenta que un rato antes he sacado del cajero automático. Se gira en su asiento para agarrar el billete, pero al verlo se queda quieto y lo contempla con expresión de contrariedad: “No tengo cambio”. Me mira en silencio. Yo lo miro en silencio. Un silencio incómodo.

Me siento tentado de espetarle que una situación semejante no se produciría con Ozzy Osbourne, pero decido no ahondar en la herida.

Estoy con Javier Marcelo, el mismo que en sus tiempos de gloria lucía una esplendorosa melena y se hacía llamar Xabi Marshall. Por entonces, en su juventud, era el guitarrista de Black Sabata, la auténtica banda pionera del metal valenciano. Ahora no quedan en él rastros de la melena… ni de la gloria. “Me compré mi primera guitarra, una Talmus Custom Lorenzo Santamaría Signature, con el sueldo que ganaba trabajando en una fábrica de horchata”. Y añade: “aún hoy no puedo pasar por Alboraya sin sentir náuseas”. Los duros comienzos.

Le pregunto si echa de menos la época en que era una estrella a nivel local y me comenta que fueron tiempos divertidos, que tocaban en locales de carretera y que tenían muchas groupies. “Aunque salían un poco caras”, rememora. Le aclaro que si tenía que pagar es que quizá no fuesen groupies, estrictamente hablando. Se queda pensativo. De repente, parece contemplar los dulces recuerdos de su pasado bajo una luz nueva y distinta. Me da la sensación de que acabo de hacerle comprender un hecho que lo ha deprimido un tanto y, la verdad, me sabe un poco mal. Ya he visto la foto de sus siete hijos en el salpicadero, y supongo que a estas alturas no debe de resultarle agradable descubrir que nunca fue un conquistador sino sencillamente un putero de pro.

Abandonamos tan espinoso tema y recordamos la trayectoria de su antigua banda. Hablamos de su primer disco, “Patatta Mondatta” —concebido durante las muchas horas de cocina en el servicio militar—, el cual pasó desapercibido en los duros tiempos de las postrimerías de la dictadura: “No teníamos mucho dinero, así que grabamos solamente la pista de batería, aunque en el libreto escribimos dónde iban las guitarras, dónde las acústicas, dónde la pandereta…” Pensaron que el novedoso concepto de estimular la imaginación del oyente en vez de dejarle escuchar las canciones terminadas iba a triunfar como ejercicio de vanguardia, pero la única crítica que se publicó en prensa definió el álbum de debut como el trabajo de “un chimpancé golpeando unas cacerolas”. Para el siguiente LP se convencieron de que, efectivamente, había que incluir todos los instrumentos en la grabación. Así salió a la venta en el mercado (más concretamente en el mercado del Cabanyal) el disco “Metal Mirinda”. En él se incluían sus primeros clásicos, himnos tenebrosos y atmosféricos como “Sons of Burjasoth” o “Helter Skeletor”, en los que ya se adivinaba un sonido propio, denso, lento y oscuro: “en realidad es que se les atrancó la cinta porque les cayó medio chivito en el magnetófono, así que lo masterizaron todo a menos revoluciones de las que tocaba”. Pero a veces es así como

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se encuentran los nuevos estilos, por mera casualidad, por capricho del destino. La campaña publicitaria del disco —un vinilo de regalo por cada dos kilos de merluza en el puesto del pescadero— les permitió cultivar su primera base de fans. Lo cual se produjo en un momento providencial, ya que se estaban quedando sin público: “nuestra madres dejaron de venir a nuestros conciertos después de que el párroco les dijese que el misal no bastaba como protección contar los poderes diabólicos de nuestra música” (por cierto, viene de antiguo la costumbre de los cuatro miembros del grupo de llevar colgado un rosario y una medallita de San Pancracio).

Cuando el bajista Romualdo Rausell —de nombre artístico Erre Dos Dedos, llamado así porque solamente utilizaba un dedo de cada mano para tocar— tuvo que pasar una temporada en el cuartelillo a causa de la sustracción accidental de una paleta de cerdo en el economato de la Cruz Roja, el grupo se tomó un descanso que Xabi Marshall aprovechó para concebir su primer disco en solitario, “Have you ever been to Electric Alfafar”. Algún periódico local lo describió como “una mezcla entre Torrebruno y King Crimson interpretado por un enjambre de abejas”. El guitarrista se explica así: “pensaba que rock progresivo significaba que cada nota tenía que ser más aguda que la anterior”.

Una vez resueltos los problemas judiciales del bajista, se produjo el retorno de Black Sabata para registrar el tercer disco, “Cardenal Benllock & Roll”. Sin embargo, las tensiones internas ya plagaban el seno de la banda, especialmente los problemas de drogas del batería Robusto Colomer: “no había manera de separarlo de sus cajas de Robaxisal Compuesto y Pharmaton Complex”. Aunque Colomer, en una entrevista paralela, nos dio su propia versión del asunto: “tenía tortícolis”. También el cantante, Josep Lluís Núñez —sin parentesco con el directivo futbolístico— estaba involucrado con sustancias prohibidas: “se comía unos quince tigretones al día, como entrante de sus picaditas de bravas y caracoles y de la fabadita de entrehoras. Teníamos que llevarlo al ensayo con el carrito de los amplis”.

Todos estos tropiezos se hicieron notar en su cuarto trabajo, donde la creatividad del grupo pareció resentirse. Xabi Marshall había concebido una ópera rock y el disco temático titulado “Tio Tonet” contaba la historia de un pescador sordo, ciego y mudo, que de repente descubría una extraña habilidad para jugar al truc. “No sé por qué la prensa [se refiere a la cartelera Turia, N. del R.] se empeñó tanto en hablar de plagio. Yo ni siquiera tenía un disco de los Who en casa. Ni tampoco electricidad, papel higiénico o agua corriente”.

Castigados por el súbito desprestigio, los Black Sabata decidieron hacer un paréntesis en su carrera. Eran los tiempos de la “movida” y las guitarras antediluvianas estaban pasando de moda, sustituidas por sintetizadores y pistas de reverb que envolvían otras pistas de reverb. El bajista Romualdo Rausell, Erre Dos Dedos, probó con la música disco y formó el grupo Xufa de Miralls (“Chufa de espejos”). Su primer y único disco, “Cánovas Fever”, fue recibido con una reseña en el diario “Las Provincias” cuyo titular hablaba de “artritis creativa”. El bajista recuerda que “mis padres lloraron cuando leyeron la reseña y mi novia me dejó por el que vendía los cupones en el barrio, al que le faltaba un brazo. Y me dijo que aun así usaba más dedos que yo”.

Mientras tanto, Xabi Marshall intentaba hacerse un hueco en el heavy nacional. Barajó diversos nombres para su nuevo proyecto (Obús Rojo, Barón Ñu, Bokata de Panzer) pero finalmente se decidió a bautizar su próxima banda como Codos de Acero… aunque en el mundillo pronto corrió el chascarrillo de apodarlos “Los Empollones Metálicos”. En la portada del debut discográfico de Codos de Acero aparecía un flamante primer plano de Xabi Marshall con su nuevo peinado —un cardado ochentero— y el disco, en principio, debía titularse “La ruta del rock”. Sin embargo, un error de imprenta hizo que en la carpeta del disco se leyese el título “La puta del rock”, lo cual (junto a la foto del cardado) dio pie a más de un malentendido: “Tuve que patearme todas las tiendas de discos de la ciudad para que convencerles de que quitaran mi disco de la cubeta donde exponían los vinilos de Miguel Bosé”. Los contratiempos no terminaron ahí: “tardé tres o cuatro años en conseguir que dejasen de preguntarme en los conciertos si era un travesti y cuánto cobraba por hora”, afirma Xabi Marshall un tanto turbado. Mi curiosidad periodística me lleva a hacerle una delicada pregunta: “¿Aceptaste algún cliente?”. Baja la mirada y dice en un susurro: “Ehhhm… no”.

Comprobando que no había demasiado futuro en una escena musical que no entendía su propuesta, Black Sabata celebraron su concierto de despedida en la boda de un amigo, aunque según parece el éxito fue bastante relativo: “Las marujas no dejaban de pedirnos canciones de Nino Bravo y pasodobles. Al final cedimos e improvisamos como pudimos una de Las Grecas”. Aquel último concierto fue grabado en Super-8, aunque después “descubrimos que las cámaras de Super-8 no tenían sonido y que, de todos modos, el que nos tenía que filmar se pasó la mitad del tiempo enfocando los escotes de las invitadas”. Recientemente, en pleno revival de grupos pioneros de la escena valenciana, se han planteado sacar ese material en DVD, pero “se lo enseñamos a una productora y nos preguntaron si era material sobrante de una comedia de Pajares y Esteso”.

Xabi Marshall, hoy otra vez Javier Marcelo, me habla acerca de la última maqueta que grabó después de meterse en el mundo del taxi. “Es rock urbano”, dice mientras me muestra un casette TDK en el que, apuntados a bolígrafo, se pueden leer los títulos de algunas canciones: “Putas rotondas”, “A fregar”, “Pon el intermitente, imbécil”. Le pregunto si no cree que su actual trabajo como taxista está teniendo —por así decir— una influencia demasiado excesiva en su música. Me mira sin comprender.

Damos por finalizada la entrevista y salgo del vehículo para cambiar el billete de cincuenta en el bar más cercano y así poder pagarle la carrera, mientras la antigua estrella del proto-metal me espera en su taxi fumando un Ducados. Paso por la puerta del bar donde he de cambiar el billete. No entro. Sigo andando y doblo la esquina. Me alejo por entre las callejuelas de Benimaclet. Dándome cuenta de que no me he despedido de Xabi Marshall, le envío un SMS:

“Te dije que estaba acreditado”.

Atardece sobre la ciudad; el cielo se cubre de un manto púrpura que se oscurece lentamente, sumiendo las calles en las tinieblas. Se encienden las farolas, empiezan a verse las primeras estrellas titilando como carteles de neón que anuncian la llegada de la noche. Una larga noche en la que, todavía sin dormir, Xabi Marshall seguirá haciendo rondas en busca de clientela (clientela para el taxi, quiero decir). Mientras deambulo por las solitarias aceras reflexiono sobre el egoísmo de la sociedad, sobre su desprecio hacia la gente creativa; todo es dinero, todo es materialismo… me doy cuenta de que no existe justicia en el mundo para los artistas.

El muy cabrón pretendía cobrarme la carrera. A mí.

 

Emillion Dollar Baby
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